miércoles, 13 de octubre de 2010

Subte B hasta Pasteur

Algunas veces levantamos dibujitos extrañados que cayeron en el piso.
Sobre el rojo tapete del reencuentro, esa cadera pule sus orillas con una lija imperceptible y deja astillas que caen y se funden en siluetas desenfocadas, cercanas, etéreas, en genuinas transparencias. Qué importa si pinchan?
Miro el almanaque, el alma que los días mana y apenas empiezo a perderme ahí, si, ahí, el espejo de mi jeta se frota a sí mismo, y empañado, refleja un paisaje que no alcanzo a distinguir entre el vapor del agua.
No son necesarias omisiones si el afecto es un axioma1, si es posible cortar y dar de nuevo (mano decide).
Una geografía que presumo tan amable…
Sin embargo, el cartel no muestra ausencia, y la ceremonia del ansia es una esperanza que con lanzas, espera grandes calmas tibias.
Su mano juega con ventaja. Su mano llama, vende, ataja, manda. Somos mano en la partida. Ya la suerte no es de principiante, es princesa del espiante más de oficio que de azar.
Somos grandes. Podemos vernos a los ojos sin derroche de promesas, podemos vernos a través de una puerta corrediza, sin saber que es lo que hay detrás o sabiendo que, lo que hay, nos pertenece, es irrepetible, está para quedarse...

1 m. Proposición clara y evidente que no necesita demostración.

No más preguntas, señor juez.

No hay comentarios:

Publicar un comentario