martes, 8 de febrero de 2011

Un rato de mí

Tengo una cara de orto pa’ 40. El rolo me late zarpado de rápido. Qué se yo por qué. O tal vez sí se por qué, pero no estoy seguro. Lo único seguro es que estás existiendo, en algún rincón de este día, en algún lugar del mundo. Lo único seguro es que sos mejor que todas tus imágenes, que todas las imágenes que yo tengo de vos. Quise esperar este instante a solas, sin prisa exterior y sin testigos, para decirme, con todas las letras, que estoy enamorado? Pero en qué forma? No como en la adolescencia, por supuesto que no. Entonces era una especie de locura contenta, un frenesí, que llevaba en su propio énfasis el germen de la sensación. Ahora es otra cosa. El sexo está, claro, cómo no iba a estar, pero por favor, faltaba más, si bien no sólo me atrae físicamente, claro está. Me toca apenas, apoya una mano sobre mi brazo, no como un gesto de amor sino como un simple acompañamiento de la conversación, y siento en mí un estremecimiento, acuso inmediatamente recibo de esa piel mansa, tibia, prometedora, que aplasta momentánea y suavemente los vellos de mi antebrazo o de mi muñeca. Pero hay mucho más. Mi conmoción interior es más viva aún cuando me mira que cuando me toca. Siempre me mira, nunca me esquiva los ojos. Tiene una formidable capacidad para estar íntegra en su mirada, para mirar viviendo, para mirar sintiendo, para mirar simpatizando. Ella simpatiza conmigo, de eso sí estoy seguro. Y su simpatía es tan cálida, tan vital, tan lúcida, que es casi el equivalente de un amor. Es probable que una mujer de intimidad más pobre o más rígida, en un instante de amor, en su mejor instante de amor, pueda alcanzar ese mismo nivel de comunicación y de intimidad afectiva. Ella, sólo simpatizando, equivale a ella misma y nada más, por que es única, y no se habla más. Porque aunque yo capte, o crea captar, la intensidad afectiva de cuando simpatiza conmigo, demasiado sé que ése no es su máximo, que su máximo no es la mera simpatía, por intensa que ésta sea, sino el amor. Y no puedo evitar esta conjetura: si su sencilla simpatía me conmueve así, cómo no habría de conmoverme el amor, el amor en su máximo, en plena ebullición? Y hay un futón. Y ante esa posibilidad tampoco puedo evitar sentir un vértigo, no puedo evitar que se me vaya la cabeza. Tal vez jamás me resigne como buen cabeza dura que soy. Pero hoy sufro como un condenado. Ayer mismo yo no sabía que podía querer así. Entonces qué onda? Es simplemente porque hablé, porque se lo dije? Puede ser. Hoy, tanto como aquel día, a medida que se lo iba diciendo, sentía que eso era más y más verdadero, como si al decirlo yo, fuera haciendo proselitismo conmigo mismo, convenciendo para siempre a mi corazón, este mismo corazón que ahora me duele, sí, físicamente, este órgano hueco y muscular que de algún modo se las arregla para ocuparse simultáneamente de la sangre y las emociones. Si por lo menos ahora, cuando llegue a casa, pudiera estar solo, si por lo menos nadie me hablara. Me voy a dibujar, me voy a leer, me voy a afeitar, me voy, me voy, me fui. Chau.

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